Primer Catedrático de Derecho de la Información de la Universidad Española
Los conceptos de propaganda, publicidad y relaciones públicas, s.a., s.l., s.pg.
“(…) El mensaje de Relaciones Públicas (…)
Distinto es el planteamiento de la naturaleza de las Relaciones Públicas en la teoría y en la práctica, aun cuando en España se ha llevado a cabo el intento de caracterizarlas también a través del objeto informativo, lo que nos da una base de partida paralela a la que hemos utilizado para delimitar la Propaganda y la Publicidad. En efecto, es el análisis del objeto de la información y las diferentes formas combinatorias de sus elementos componentes los que nos pueden dar una noción utilizable de lo que son las Relaciones Públicas.
Por supuesto, hay que descartar la creencia de que las relaciones públicas consisten en atender bien al público, especialmente al público caracterizado: las “V.I.P.” en la nomenclatura internacional de las Compañías de Aviación, por ejemplo. O la no menos extendida según la cual las relaciones públicas consisten en designar a una persona o a un servicio de organización, más o menos elemental, que cumpla un papel similar al que en el Ejército cumple el oficial acomodador.
Ya en planos más estrictamente científicos, no se puede considerar a las relaciones públicas como “una especie de cosmética social”: ni como el método de mantener relaciones cordiales con los profesionales de la información a costa de dádivas o trato amistoso; ni el conjunto de relaciones que hay que establecer en torno a la dirección general de una empresa u organización; ni con la publicidad “de prestigio”, a diferencia de la publicidad “de producto”; ni con el procedimiento de llegar a informadores y público más de prisa y con más fluidez que la concurrencia. Esto pueden ser efectos, y no los más importantes, de las Relaciones Públicas. (…)”
El derecho fundamental a la intimidad, “Estudios Públicos”, 1992, núm. 46, pgs.270-271
“(…) La triple regla (….)
Desde la perspectiva del Derecho de la Información, puede adelantarse –al menos como hipótesis- una triple solución acerca del problema de la difundibilidad de los mensajes que afectan a cada una de tales esferas. Con respecto a la vida pública, ha de tomarse como regla la máxima romana publica publice tractanda sunt: todo lo que ocurre en la vida pública, en cuando vida pública, sin tomar ahora en consideración posibles elementos contingente de excepción, puede y debe ser objeto de los mensajes informativos. La máxima romana sigue: privata, private. Pero en esta secuencia el principio romano tan sólo nos sirve en parte: las cuestiones relativas a la vida privada no son, en general, difundibles, excepto cuando estas cuestiones tienen repercusión en la vida pública o trascienden a ella. De aquí que el artículo (…) de la Constitución, ya citado, permita que la ley determine supuestos de intromisión en la vida privada. Algunos de estos supuestos legitiman el que se conozca públicamente y, por tanto, que se informe acerca de esta esfera vital. Ahora bien; si no son difundibles aquellos aspectos de la vida privada que no trascienden a la vida pública, en ningún caso es difundible la intimidad que, por su propia naturaleza, ni siquiera afecta a la esfera privada, aunque quede totalmente en el centro de ella. La información nunca debe referirse a la intimidad personal.
Tales reglas, muy en especial la absoluta norma negativa del derecho a la intimidad, nos plantean el problema de delimitar las tres esferas. El informador ha de saber qué actitud deberá adoptar ante la actividad o pasividad de las personas, según el campo en que éstas se desarrollen. El público y los poderes públicos han de poder valorar las informaciones acerca de tales actitudes y, en su caso, responsabilizar al informador por el mal uso de su función informativa. Para ello es necesario definir, es decir, delimitar, lo que se debe entender por vida pública, vida privada e intimidad. (…)
Es regla de prudencia jurídica, ya acreditada por los romanos, el que la ley no defina. Otra cosa es que del microordenamiento de una materia pueda inducirse una noción legal. La definición, como estereotipo de un concepto, es propia del esfuerzo intelectual y crítico de la jurisprudencia y de la doctrina jurídica. (…)”
El Derecho de la Información (adenda), s.l., s.a., pgs. 122-123
El informador ha de ser prudente al obrar, en un doble sentido: dirigiendo su actividad al cumplimiento del deber de informar; y preservando esta actividad de toda impureza en su conducta profesional y personal. Quizá, si no lo hace así, obtendrá un mensaje, pero con las raíces podridas porque han contaminado o violado otro u otros derechos ajenos. No se ha tenido en cuenta la información como deber, sino la información como negocio, en el más turbio de los significados de la palabra: los autores antiguos la llamaban avaricia; hoy lo llamamos corrupción. El informador ha de prestar su servicio poniendo en forma la realidad con rectitud en lo que se parece al jurista, que tiene como misión “rectificar”, enderezar las cosas hacia lo justo. Los romanos definían al jurista como “hombre bueno perito en proclamar lo que es derecho”. Dada esta similitud, se podría definir al informador como “hombre bueno experto en lo que debe ser comunicado”. En una y otra definición homo bonus significa hombre prudente. La “juris-prudencia” tiene su paralelo en la “info-prudencia”.
No hay que entender por prudencia la cautela, el encogimiento, el toreo corto, la cuquería o el miedo al riesgo, que se aproxima a la inacción. Tampoco la actitud de perseguir lo meramente útil olvidándose de lo honrado, de lo noble. Cicerón decía que no hay nada más útil que lo honesto. La prudencia, como cualquier otro hábito, consiste en el medio. Pero no en un medio matemático obtenido con la suma de los extremos divididos por dos. En el caso de la prudencia los extremos son el temor y la audacia. El justo medio es la valentía que se eleva por encima de los extremos. El medio, el valor, no está en el mismo plano que los extremos, sino que es una cumbre que permite arrostrar los riesgos calculados –no olvidemos la condición intelectual de la prudencia- y responder de los fracasos y de los éxitos, dada su condición de virtud moral.
En los asuntos informativos, las vías que conducen al fin no están determinadas, sino que se diversifican de múltiples modos conforme a la variedad de las personas y de las circunstancias. El fin de informar es por axioma siempre bueno; pero lo han de ser también los medios activos que al buen fin llevan. La prudencia es la facultad perfectiva del hombre que dispone a determinarse rectamente en cuanto a los medios activos: esta determinación es el emblema de la libertad moral, que no es el libre albedrío. El informador que es libre y se siente libre, es responsable: se ha dicho que la responsabilidad es la cortesía de la libertad. Y la libertad del informador es una de las claves que aseguran la libertad de los ciudadanos. El Consejo de la entonces Comunidad Europea declaró, en 1992, que el derecho a la información no es el más importante de los derechos humanos, pero sí el más urgente porque es el que preserva y defiende a los demás derechos fundamentales. (…)”
La titularidad de la empresa informativa sobre el medio que difunde, en “Comunicación y Sociedad”, 1995, vol. VIII, núm. 2, pgs. 25-26
“(….)11. Libertad informativa versus derecho a la información.
La Declaración en la que se lleva a cabo el reconocimiento universal de un derecho natural que, en documentos eclesiásticos, empezó a llamarse derecho a la información, supone un hito importante en la Historia de la Humanidad. Antes se había ya tratado de una manera que se puede llamar exhaustiva el ius communicationis, pero la época en la que la idea se debate –el siglo XVI- carece de los medios técnicos de comunicación que existen ya, en suficiente medida, en 1948, fecha del reconocimiento positivo universal del actual derecho a la información. A despecho del progreso, jurídico por humano, que supone un reconocimiento expreso a nivel mundial, desde determinados sectores, curiosamente positivistas, más o menos respaldados por las empresas informativas, se está queriendo volver a la quimera, superada hace años por la doctrina más autorizada, de la libertad de prensa o la libertad de información. Incluso en algún país iberoamericano se niega la vigencia del derecho a la información en aras de una costumbre que prevalece sobre las Declaraciones y Pactos internacionales suscritos por sus propios Estados: lo que rige es la libertad informativa a todo evento. Tras este pronunciamiento, vienen sus consecuencias: en aras de la libertad de información, que corresponde a la empresa informativa, se puede hacer todo, movidos por intereses materiales –ganar audiencia, por ejemplo- o ideológicos –propagar la violencia o la pornografía, también como ejemplo-. La empresa tiene el poder incluso de desinformar, si así le place o si así le interesa. Entre nosotros, la cuestión no está planteada tan de cara; pero opera en algunos autores y, sobre todo, guía las operaciones de las empresas, como paladina y cínicamente lo ha expresado en público el representante de alguna de ellas. El fenómeno de la contraprogramación televisiva y las ideas con que se le ha querido justificar descaradamente estos mismos días no son más que una derivación del error, buscado o no de propósito, de que la libertad informativa es una libertad meramente psicológica y no una libertad moral. La libertad informativa no tiene sentido si no se considera como el libre ejercicio del derecho a la información. Así lo dice, por dos veces, nuestra Constitución (…)”
La propaganda de la virtud, 1986 (pgs. 203-204)
“Parece haberse alcanzado el acuerdo acerca de que los dos mensajes simples e que termina el análisis de todo mensaje complejo son el mensaje de hechos o del mundo exterior del hombre y el de ideas que, junto con los afectos y las emociones, constituyen el mundo interior del hombre. La Comunicación del mensaje de hechos, que se dirige al conocimiento, constituye la noticia, cuyo constitutivo es la verdad. El mensaje de ideas, si está criteriológicamente elaborado, tiene como constitutivo el bien. Como todo bien es no sólo difundible, sino difusivo, la comunicación de ideas, que se dirige a la voluntad a través del entendimiento, lleva ínsito un efecto persuasivo. De aquí que el mensaje ideológico, en sus diversas formas y tipos de ideas, sea, no sólo difundible y digno de ser difundido, sino propagable y digno de ser propagado. En otras palabras, que el mensaje ideológico constituye lo que, en rigurosos términos comunicativos, constituye la propaganda, desposeído el término de toda su carga política.
Nada se opone a la comunicación de una virtud, si tenemos en cuenta el concepto mismo de virtud como buena disposición de la potencia operativa humana en orden a su fin y a su objeto, es decir, en su doble dimensión intelectual y moral. Tenemos, empero, que cuestionarnos no sólo acerca de la posibilidad, sino también acerca de la legitimidad de que la virtud se propague. Y, en consecuencia, del deber de propagarla.
Se plantea, en primer lugar, el problema de que, si la propaganda es comunicación de ideas, como puede hacerse propaganda de una virtud que, en realidad, es una norma de conducta. La objeción todavía puede ir más allá, ya que la norma entraña una idea o debe entrañarla; pero la virtud no es una norma externa al hombre, sino un hábito, una forma repetida de actuar que, con el tiempo, puede llegar, a lo más, a crear en el individuo una actitud frente a su propia conducta. La virtud no es una norma de los actos, sino una serie de actos repetidos en el mismo sentido, que inclinan normativamente al ánimo a seguirlos practicando. Formalmente, no se distingue virtud de vicio. Se distingue materialmente, por la calificación de buenos o de malos que puede atribuirse a los actos que se repiten y que facilitan su consecuente repetición.
Efectivamente, hay una parte de verdad en la objeción. La idea es propia de la razón. La actuación, de la voluntad. Parece que no se puede propagar una actuación. Sin embargo, la objeción queda aclarada cuando profundizamos un poco en los términos del problema. Sabemos que la propaganda se dirige precisamente a captar voluntades, a través del entendimiento. La propaganda no es, por tanto, pura especulación. Aunque su objeto son ideas, son ideas que se mueven en el mundo del entendimiento práctico, no del especulativo. Es decir, trascienden del mero entendimiento por su vocación realizadora. La transmisión de una virtud como repetición de actos no repugna al concepto de propaganda, antes bien se acomoda a él. (….)”
Conferencia impartida en la Universidad Católica de Santiago de Chile con motivo de un premio académico
(no nos consta la fecha, aunque la situamos en los últimos 7 años)
“(…) La tercera ironía me sorprende al ponderar que la Universidad, el baluarte del saber superior en que se encastilla el quehacer intelectual para poderse verter con liberalidad en cultura para todos, el nivel máximo del operar en la vida del hombre, un quehacer más fatigoso, serio y responsable que el trabajo corporal, es el lugar de la fiesta como expansión y como espacio para el ocio. Puede haber, como en nuestro caso, paréntesis en que se manifiesta un sentimiento de dolor declarando días escolares de luto. Pero, en general, no hay fiestas más divertidas y templadas que las que producen el ocio universitario.
Josef Pieper ha escrito unas páginas brillantes acerca del ocio en la vida académica. Jacques Lecreq publicó un libro encantador bajo el título Elogio de la pereza. En una y otra obras resalta la ironía que supone compaginar la idea del ocio con la de la contemplatio, que es a lo que, hoy día, llamamos estudio. Los clásicos reservaban la palabra studium para designar la contemplación deleitable, la que está avalada por la propia vocación, la que hace feliz al intelectual. Platón decía que “los dioses, compadeciéndose del género humano nacido para el trabajo y el pensamiento, han establecido para los hombres festivales divinos con el fin de aliviar sus fatigas, pero les han dado como compañeros a las Musas y a Apolo”. Ironía. La importancia de esta reunión, cuya cordialidad ha sido puesta de manifiesto en vuestra misma asistencia y en las palabras que me han precedido, no estriba en solemnizar una distinción inmerecida: ese es el motivo, la excusa, la ocasión propicia. Radica en contribuir, con espíritu universitario, universal (…) a satisfacer el gusto y la tendencia a conocernos, a vernos, a saludarnos, a platicar, como manea de emulación y de fomento de la extrañeza, lo contrario a la extrañeza que no cabe en una mentalidad sapiencial. Como diría el Cardenal Newman, quizá el talento más universitario del siglo XIX, la fiesta es “ir más allá de lo erudito y lo ideológico para enfrentarse directa y frontalmente con lo humano”.
El 28 de septiembre de 2001, en la Universidad de Piura (Perú), leía su discurso de investidura como Doctor Honoris Causa:
"(...) A través de una facultad cuyo objeto de estudio constituye el nervio de toda universidad, que es comunicar, y de mi visita esporádica a otras facultades humanísticas y a las escuelas técnicas piuranas, he podido advertir el esfuerzo que supone la prodigiosa aventura de ir desentrañando, paso a paso, la síntesis global de la ciencia, acertando a consolidar lo clásico, que es lo que tiene clase, y su proyección a l o nuevo, de modo que la tradición no suponga un freno, sino un impulso hacia el progreso, que es mucho más que el mero bienestar material. Trabajos intelectuales variados en su origen, coinciden en su desembocadura. Por no separarme del significado del acto que estamos celebrando, la imagen polícroma de las vestes que representa la Ciencia de cada uno, queda armonizada por la unidad de un rito formal que la Universidad va decantando, como una praxis académica que -splendor unitatis- es su estilo propio. Y esta forma, que denota una sustancia, no se configura para hoy ni para el próximo cincuentenario, sino para siempre. Porque la Universidad que cumple el fin fundacional, sin una fingida neutralidad ideológica, sino siguiendo la línea de lo armónico entre fe y ciencia, no puede morir. Antes bien, por la potencia intrínseca de esta sinergia, va profundizando sistemáticamente sus cimientos y consiguiendo arraigo en virtud del estudio. Estudio creador que provoca la alegría, patrimonio de esta Universidad que, por encima de las dificultades, posee la virtud de poder amar la verdad con la independencia y la libertad que da el saberse un medio para un fin: formar personalidades dispuestas a emerger en la vida por la asimilación formativa y no por la acumulación progresiva de datos. la verdadera libertad, según Platón, convierte al hombre en dueño y no servidor de su discurso. La Universidad de Piura tiene clara, en su dialéctica, su razón de servicio: capacitar a aquéllos que sabrán resolver libre y responsablemente los problemas que la complejidad de la vida les planteará como los mejores profesionales, como los forjadores de su propio destino que, integrado con el de sus conciudadanos, proyectará el futuro de la comunidad peruana y el de la comunidad universal. (....)"
En 1988, se editaba su obra El deber profesional de informar. En su página 35ss. se puede leer:
"(...) El deber de diligencia tiene su raíz en el "yo" profesional: es el darse a sí mismo. El puente o modo de enlazar con el "vosotros", con el público, es un deber que afloraba ya al hablar de la consciencia del poder informativo: el deber de servicio. Recientemente, el Profesor Nieto Tamargo ha definido el poder de informar como "poder de servir". Dentro del entramado social, cada profesión, impuesta por la necesidad de especializar los quehaceres, cumple una misión. El deber de servicio consiste, precisamente, en la fidelidad a esa misión. Pero para servir -prestar un servicio- hay que servir -ser útil, mantenerse en forma-. El "aggiornamento" o actualización del informador equivale a esa fidelidad a la misión informativa. El informador ha de sentir sobre sí el peso de la servidumbre, que es su grandeza, porque es lo contrario del servilismo. Lo diré con palabras del Código deontológico belga: "La misión del periodista es servir, término que no implica por sí mismo idea alguna de servilismo, sino que expresa la voluntad de ser útil a la comunidad nacional y humana, conservando al mismo tiempo celosamente intactas su independencia y su justa vehemencia". La Información no tiene un fin inmanente, no es un fin en sí misma. Es un medio trascendental que tiene su fin trascendente en el hombre y en la comunidad humana. Es decir, que está a su servicio. Y el deber de servicio, como el deber de diligencia, no es un deber que se cumple de una vez, con un acto determinado, sino que está en la base de todos los deberes profesionales informativos. No es un acto o una serie discontinua de actos, sino una actitud. Y como tal ha de entenderse (...)".
En 1974, se editaba el libro de José María Desantes La información como derecho.
En su página 355ss. se puede leer:
"Las culturas minoritarias
Una de las características del mundo de hoy es la dominación de los hombres por Estados fuertemente centralizados que tienen poder suficiente para aumentar la uniformidad y la homogeneidad cultural dentro de sus fronteras (...). Al servicio de los intereses políticos y económicos de los grupos dirigentes de la sociedad, se intentan secar las fuentes de las tradiciones culturales y se impide su movilidad, que solamente puede conseguirse por medio de la comunicación (...). No se trata ya de las "sub-culturas" que encierran valores disfuncionales que retrasan el acceso a otras realizaciones y valores culturales superiores, sino de las relaciones entre grupos étnicos o lingüísticos que conviven bajo los Estados centralistas. No son culturas subordinadas, sino culturas diferentes (...), equiparables cuando hay que integrarlas en la cultura mundial. Lejos de que los hombres se enriquezcan y se realicen como pertenecientes a estos grupos coherentes con una cultura tradicional propia, la fijación y ofuscación de estas culturas minoritarias, sobre todo por el no uso del propio idioma en la comunicación activa y pasiva, produce una peligrosa frustración cultural en millones de hombres y mujeres (...).
La protección de las culturas tradicionales propias ha de ser completa (...). Hay que garantizar la convivencia en plano de igualdad de todas las que existen en una comunidad estatal. Hay que realizar el derecho de cada grupo a engendrar, mantener, cultivas y difundir su propia cultura. El Estado mismo debe enriquecer su acervo cultural común por las corrientes distintas que actúan en plan de igualdad y en plan de igualdad se comunican. Hay que conseguir una sociedad "abierta" que sea capaz a la vez de conservar y movilizar en su seno culturas diversas y proponerse determinados objetivos culturales comunes.
Esta última pauta puede servir como modelo previo para resolver el más grave problema que tiene planteado la cultura en cuanto comunicable por los medios informativos. (.....)".
En el año 1999, la Fundación de la Comunicación Social editó su libro Francisco de Vitoria, precursor del Derecho de la Información
En el primer capítulo del libro, que dedicó "A mis amigos de América", decía lo siguiente:
"Lo clásico es lo que tiene clase, lo que raya en la excelencia. Por eso perdura. En este sentido se aplica a los periodos históricos y a las instituciones, a las obras y a los hombres. La época clásica de la Universidad de Salamanca, llena de inteligencias célebres en sus claustros, tiene un nombre que, por su doctrina y su trascendencia, brilla sobre todos los demás: Francisco de Vitoria. Bastaría para considerarle un clásico pensar que él es, entre otras cosas que pondremos de manifiesto, el fundador de la llamada escuela salmantina del Derecho natural.
Como ocurre con muchos de los grandes personajes de la historia, los datos de su biografía y los rasgos de su efigie permanecen ocultos, se discuten y sólo se van descubriendo lentamente y, en ocasiones, por azar. Esto ha ocurrido y sigue ocurriendo con Fray Francisco, como ponen de relieve todos sus biógrafos. Pero quedan vestigios de su personalidad en las apreciaciones de sus contemporáneos. Unos, que le conocieron personalmente, como Juan Luis Vives, quien le llamó "personalidad del máximo renombre y crédito entre los suyos", dotado de "equilibrio y moderación", "tranquilidad de ánimo y dominio de sí mismo". Otros que no le conocieron más que por referencias epistolares, como Erasmo de Rotterdam: "por las cartas de los amigos sé que estás dotado de una gran sabiduría y de una muy notable prudencia".
Una de las características peculiares de Vitoria es que su nombre permanece a pesar de su agrafía: apenas queda nada escrito de su puño y letra; y nada del aspecto que en estas páginas interesa. Es necesario buscar su pensamiento a través de los manuscritos en que se conservan los apuntes de sus alumnos, tomados de sus explicaciones y, quizá, copiados de sus propias notas. La coincidencia sustancial de estos textos constituye un testimonio implícito de que Vitoria fue un gran pedagogo universitario. (....)"